Soy maestro y no un hijo de puta

Luis Miguel Guerra

El señor Arturo Pérez Reverte ha publicado un artículo titulado «Ahora somos un país de genios» (https://www.zendalibros.com/perez-reverte-ahora-somos-un-pais-de-genios/) en el que arremete contra el mundo de la educación en general y el actual en particular. Es evidente que su influencia es muchísimo mayor que la mía dada su condición de escritor, académico y comunicador con varios galardones, sin duda merecidos, en su currículo. Pero soy dos cosas que él no es, historiador y maestro, por este orden. Añadiré algo en lo que sí coincidimos, también he publicado novela histórica. Y en otra cosa que dice al principio de su artículo, que lleva treinta años firmando esa página de opinión, los mismos que yo delante de una clase, primero de EGB, después de FP y hace unos años de bachillerato.

Comienza diciendo que debería haber un juicio de Nuremberg con los responsables de educación y que faltarían sogas, que los verdugos no darían a basto y que él les aguantaría el cubata. Al margen de lo desafortunado de la comparación ya que todos sabemos a quien se juzgó en Nuremberg, eso de desear ejecutar no es de recibo. Habla de presidentes de gobierno, ministros y consejeros del ramo. Ahí se detiene pero le falta continuar, a no ser que la extrema indignación que dice sentir mientras escribe (y se nota) no le nuble el raciocinio. Porque todos, o al menos muchos, sabemos lo que significa en este país desear y poner en práctica la ejecución del sector educativo. Pero no tenía que haberse cortado, al fin y al cabo los responsables finales del producto, los que estamos metidos en una habitación con veinticinco o treinta estudiantes somos los que hacemos lo que Pérez-Reverte critica sin rubor ni medida. No hay párrafo en el que no suelte un improperio: golfos, analfabetos, puñetera mierda, chusma gobernante, sumisión cobarde, complicidad idiota, ciscarse en la puta que parió… Y todo esto en un artículo sobre educación.

Lo que viene a continuación no lo escribo con indignación ni con ánimo de polemizar sino con el fin para el que trabajo todos los días, que las cosas que se aprenden es porque es mejor saberlas que no saberlas, dicho de otro modo, luchar contra la ignorancia. Y no me vale decir después que él sólo se refiere al gobierno y que los que enseñan están al margen, pobres víctimas del sistema. Soberana estupidez porque estarían diciendo que ni tenemos criterio ni vergüenza por permitir el desmán. Por lo tanto, no me considero golfo, ni analfabeto, ni chusma, ni sumiso cobarde, ni cómplice idiota, ni tampoco mi madre se dedicó a la profesión que dice porque yo, según él, me dedique a la mediocridad y al engaño de infancia y adolescencia.

«Qué nadie se quede atrás» critica con denuedo diciendo que la mediocridad y no la excelencia se ha apoderado del alumnado, que regalamos las notas, que lo mismo sucede en la selectividad, que se premia a vagos y mediocres, que los brillantes son asfixiados y se tienen que ir a la privada o fuera, tanto para carreras como másteres. En fin, cosas que no son nuevas. Lo que no sé si sabe el señor Pérez-Reverte es que a quién está faltando verdaderamente es a los estudiantes.

Le voy a hablar de mi experiencia de treinta años. Trabajo en una escuela concertada de barrio (que no piense nadie en colegio de élite, cuando digo de barrio lo digo con orgullo y todo el sentido) en el distrito más popular y con la renta más baja de Barcelona. Hijos e hijas de trabadores, nietos de la emigración interna de los años cincuenta y sesenta en su mayoría, sin olvidar a los inmigrantes actuales con los que comparten aula. Le haré un mapa de una de mis clases. Más en concreto de los trabajos de las familias que mandan a sus hijos a la escuela donde trabajo (basado en hechos reales dicen en las películas) SEAT, super paquistaní, charcutería, panadería, limpieza, paro también, por supuesto. Incluso le diré más, como me comenta un amigo mío, mediocre profesor de universidad, según usted, dice más sobre salud el código postal que otros condicionantes. Estudiantes con problemas de ese tipo en su casa que desmotivarían al mas pintado, pero que ahí están día a día entre logaritmos, guerra civil, prácticas de laboratorio y análisis lingüísticos.

Como es de suponer en estas tres décadas las he visto de todos los colores y he pasado por varias reformas educativas y sabe que es lo que hay al final, unos que enseñan y otros que aprenden. Y aprenden mucho, de verdad, quizás porque a diferencia de usted no se trata de «hazlo como yo» y si no lo consigues, eres un fracasado, sino de «hazlo conmigo». Y algo que uno aprende con el tiempo, porque también los que estamos delante de la clase aprendemos. No son inocentes mentes manipuladas por el sistema que los quiere aborregar, saben más de lo que usted se piensa. Muchas cosas que pueden ser muy útiles y que no todos conocen o manejan las mismas, pero en la escuela tenemos la manía de que se compartan y donde no llega A, llega B y B sabe algo que puede ser útil a C. Es usted hombre leído así que no tendré que citarle «El Banquete» de Platón, «Vamos juntos por el camino y hablando ya se nos ocurrirá algo». Y eso no sólo lo he visto en mi clase, porque también nos reunimos en el claustro y nuestra supervivencia es la mejora continua. Lo he visto en biología, en mates, en latín, en catalán, en inglés, en castellano, etc, etc… Incluso, o dislate, hacemos actividades transversales. Cosas que dice usted no servirán cuando la vida real llame a la puerta. Me atrevo a darle un consejo, tenga cuidado porque se empieza así y se acaba hablando de lo útil y lo inútil en la escuela, pero esto no es sitio para hablar de ese peligro utilitarista.

Propone la meritocracia, de acuerdo, pero ¿ha pensado que a lo mejor es que hacemos las cosas bien en la escuela y no aprenden mediocridades? ¿Qué cuando alguien no está para ir a la selectividad se le dice a esos padres idiotizados, cómo usted les llama, en esas horas de comunicación continua con las familias? ¿Qué uno de los trabajos fundamentales en bachillerato es la orientación? ¿Qué en la selectividad corrige un total desconocido con un código de barras en el examen garantizando el anonimato? Cuando llega el día, te puedes encontrar con todo tipo de notas, pero si el trabajo de dos años (hablo por bachillerato) ha sido bueno, incluso excelente, ahí está el resultado final, no por regalo sino por merecimiento.

Estoy muy orgulloso de lo que hacemos en la escuela, siempre mejorable, porque al fin y al cabo es donde toma cuerpo cualquier reforma y esta última me parece muy esperanzadora. Pero le diré algo, ¿sabe cual es mi mayor satisfacción? que gracias a ese «Qué nadie se quede atrás» mis alumnos y alumnas de Nou Barris y alrededores se forman, se lo ganan y en pie de igualdad con cualquiera, entran en la Universidad o en el mundo de la Formación Profesional. Terminan sus estudios, treinta años dan para conocer innumerables casos, muchos de manera brillante y hoy en día devuelven lo que recibieron.

A lo mejor lo que no le gusta a usted es que muchos más alumnos y alumnas de clases populares no se queden atrás.

Un comentario en “Soy maestro y no un hijo de puta

  1. Acabo de leer el artículo de Pérez Reverte y no entiendo nada. He sido profesor de Bachillerato durante 26 años. Soy hijo, nieto, sobrino, hermano de maestros de educación primaria y profesores de educación media. A través de mis hijas, que han estudiado en UK y en USA, he conocido de primera mano la enseñanza en esos países. Y soy muy, muy crítico con la educación en España y con las más recientes corrientes pedagógicas, que me parecen postureo: una confusión entre forma (posturas «guais») y contenido. Lo tengo incluso publicado en un libro colectivo sobre el tema (Huérfanos de Sofía). El artículo de Reverte me parece una majadería: no aporta nada, solo insulta y descalifica.
    Dices que se ha pasado tres pueblos, y tienes razón, pero me parece que te quedas corto. Porque después de todo la cuestión no es que nos haya insultado a tantos profesionales del tema, sino que ni sabemos qué critica en concreto, ni aporta nada sobre las causas o los remedios. Y alguien que dispone de tanta capacidad de hacerse oír no tiene derecho a mear copiosamente fuera de tiesto.

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