Ha sorprendido la victoria de Díaz Ayuso, no por esperada sino por lo aplastante. No se trata de analizar al personaje sobradamente conocido y adjetivado, ni de acusar a la izquierda de no saber evitarlo o de meter la pata, para eso ya hay decenas de análisis en prensa, sino de lo que ha producido semejante terremoto. En el bien entendido que se trata de una reflexión personal en busca de una explicación lógica, si es posible.

Lo primero que salta a la vista es que no se ha necesitado mucho tiempo para que un escaso puñado de ideas sin mayor difusión que las apariciones de la presidenta apoyadas en un aparato mediático no dominante (hoy en día hay cientos de posibilidades) haya calado en la población. Ningún goteo continuo y más por la amplísima variedad de formas de recibir información. Esto me lleva a pensar que algo de lo dicho ya estaba allí, o siempre estuvo allí, o, por lo menos, la necesidad de recibir ese tipo de mensajes que, en otras circunstancias, no hubieran formado nunca parte del imaginario político.

El anterior razonamiento lo uno a una cuestión que me parece importante, la dura crisis que estamos viviendo y que, de alguna manera, ha puesto de manifiesto la idea presente en todo ser humano de que existe el peligro biológico, un riesgo cierto, vamos a llamarle aunque parezca exagerado y siempre en sentido amplio y no estricto, de extinción. Algo que necesita de una referencia positiva que contradiga ese terrible pensamientos, el paraíso perdido siempre recuperable cuando se siga el camino adecuado. Un paraíso que algunos en otros momentos de la historia lo identificaron con épocas pasadas o imaginarias, Camelot, Grecia clásica, Germania, el catarismo, … Esa forma de vida bautizada como “a la madrileña”, la construcción de una “libertad” castiza, en el que se traslucía el paraíso político perdido de un Madrid de tiempos pasados pero cuya esencia sigue ahí a la espera de que alguien la despierte.

Enlazando con el paraíso y esa “libertad madrileña”, utilizaré un término que, sin ser suyo, se lo escuche el otro día al maestro José Antonio Marina, “woke”. Una manera de calificar al grupo que se considera único, al que nadie entiende y que, lejos de hacerse entender, desprecian cualquier posibilidad de hacerlo “España, dentro de España”. Un compañero me decía que estaba desolado porque su familia en Madrid le decía que había sido por la libertad y que estaban convencidos de ello. Al mismo tiempo en la SER una encuesta rápida en Vallecas sobre el triunfo allí de la derecha tenía mayoritariamente una explicación bien sencilla, se había mantenido abiertos bares y tiendas. Algo muy humano pero que nos lleva a otras reflexiones.

A la vista de esto. La lógica de votar progresista o conservador según lo social salta por los aires. La visión del mundo planteada por la derecha en las elecciones de Madrid sobrepasa ese marco sumando a los más diversos individuos en los que hay algo común: el nacionalismo. Y lo llamo así porque no se me ocurre otra manera de calificarlo ya que, y me remito a lo de “woke”, no tiene que ver con lo territorial, ni siquiera con una pretendida, creo yo, cómo señalan algunos, urgencia identitaria madrileña. Tiene que ver con la necesidad de un discurso determinado cuyas ideas siempre han estado ahí y que resultan convincentes y que han servido para unirse a ellas y, por lo tanto, actuar si es necesario en consonancia. Un discurso que delimita a la tribu y engrandece sus virtudes dándoles una causa. Se me ocurre la idea de traducir alguno de Ayuso al catalán y de alguno de Puigdemont al castellano invirtiendo los términos Madrid y Cataluña y veremos que no andan muy alejados y, mucho menos, son contradictorios.

Nos perdemos en los dotes intelectuales y oratorios de Díaz Ayuso, en su capacidad de insultar, su falta de discurso político, su nulo deseo de debatir algo y de proponer más allá de lo que todos hemos oído estos días, cañas, libertad y no encontrarte con tu “ex” por la calle. De acuerdo, pero hay algo de intelectual en lo sucedido porque las ideas han calado y no son de ahora, el discurso ultraliberal, el de la extrema derecha que antes nos parecía lejano y hoy cada vez más cercano. No sólo con estrategia se explica lo sucedido, es también porque hay un poso de ideas que si en algún momento no tienen por qué aflorar, hay otros en que sí. Y estas ideas hoy tan extravagantes pretenden dar respuesta, y hay miles de madrileños que confían en ello, a las cuestiones surgidas en los últimos tiempos. Les han dado una visión del mundo diferente, una visión que, a alguno les puede parecer exagerado, pero engloba lo histórico (la promesa de lo perdido y la vuelta al origen, a lo que es su esencia) una nueva visión social sin clases (los años de hierro de Thatcher) y una idea de comunidad en torno a cuestiones determinadas que en nada la identifican como tal (los bebedores de cañas y los “ex”) ¿Absurdas? El resultado está ahí. Lo que ocurre es que en este contexto, la cacareada a los cuatro vientos “libertad” deja, curiosamente de tener su sentido, porque ni históricamente, ni socialmente, tiene ya sentido, es, simplemente, “haz lo que quieras”. Ya no es el sistema de derecho ni las leyes las que garantizan esa libertad, es algo diferente, metafísico y casi concedido por el poder.

Un “woke” externo pero también interno. La gran tribu del conservadurismo ha conseguido aumentar en un remedo de la excelencia grupal, un grupo al servicio de la tribu de los cuales surge una “aristocracia” encargada de conducir por la senda y llevarlos hacia el paraíso perdido. Un grupo escogido amparado por la voluntariedad de aceptar las ideas. Los que no lo han aceptado quedan fuera señalados como diferentes, incluso nefastos, para conseguir los objetivos previstos. Gentes que no aceptarán el necesario cambio que supone haber tomado como guía las ideas propuestas por Ayuso, ideas que hay que legitimar, justificar y mantener ¿Será posible hasta las próximas elecciones hablar de forma de vida madrileña, cañas y demás sin entrar en lo que muchos hoy consideran superficial, los temas sociales orillados en la campaña y que no forman parte de la “visión del mundo”?

“Ha mantenido abiertos bares y comercios”. Lo demás no importa. Quizás esto sea lo más preocupante. Esa forma de ver que da valor, que lo tiene sin duda para los que han de vivir de ello, a cuestiones que tarde o temprano surgirán desde esa simplicidad intelectual y que les ha de dar sentido en un ejercicio que veremos hasta dónde llega. Ideas tan absurdas en otros momentos en que la crisis y la tensión no golpea la vida de la mayoría de las personas pero que siempre están allí como paraíso perdido y que ahora han tomado cuerpo y se han de materializar.

Es una época difícil donde nadie tiene el don de la profecía sin embargo la historia rima. Hace 90 años, en Alemania, cuando se votó a determinada fuerza se hizo, es mi opinión, por cuestiones como las anteriores, excediendo a las personas sin duda, la encarnación de las ideas, y porque no era posible, nadie podía imaginar, lo que vino después, una especie de freno mental a pensar más allá de la normalidad, a conjeturar sobre seres humanos sin más calificativos que ese a los que se consideraba incapaces de hacer determinadas cosas por su propia condición humana. El problema fue que la anormalidad se convirtió en lo normal y cada paso que se daba se asumía como lógico y necesario. y se terminó calificando a esos seres humanos cuando el desastre se hizo visible.

Hoy, en Madrid, nadie piensa, o al menos una gran mayoría, en nada que perturbe el sistema gane quien gane. Pero que Abascal y Salvini saluden con alegría el triunfo de Ayuso me preocupa. Igual que me reconforta el futuro que tuvo Trump, la cada vez menos presencia del “procès” y del “brexit” finalmente descubiertos en sus propias mentiras, esas ideas que calaron en la población y que al tener que materializarse han resultado un total desastre para desilusión de su ciudadanía.

He elaborado un coctel con una serie de reflexiones que he querido fueran teóricas y basadas en otras experiencias. Espero y deseo que con el tiempo o bien pueda decir que equivocado estaba o bien porque en algún momento como dijo alguien “nos despertamos del sueño embrutecedor al que nos sometieron”.

Un comentario sobre “Siempre estuvo ahí (una reflexión teórica de lo sucedido en las elecciones de Madrid)

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