El ministro de Seguridad Nacional de Israel, el ultra Itamar Ben Guir, celebró con champán en los pasillos del Parlamento la aprobación de la pena de muerte por ahorcamiento a los palestinos que asesinasen judíos.
Ayer estuve reordenando mi biblioteca, un ejercicio tranquilo y sano que recomiendo ya que además de exigir un criterio de ordenación recupera algunos colocados en segunda y hasta en tercera fila que merecen pasar a la primera e, incluso se apartan para consultar o releer. Pues bien. aunque mi campo de trabajo y oficio es el de la Historia soy aficionado a los clásicos de la filosofía y es que soy de esoso raros que considera que la cultura es una y no se debe compartimentar y que la liebre del conocimiento y la inspeiración está en todos sitios, incluso entre los más insospechados.
Dos párrafos diferentes, el del ultra y el de los libros. Pero no independientes ya que el entusiasmo del ministro debió ser similar al de Descartes cuando se dio cuenta de aquello de «pienso, luego existo», el de los ilustrados hablando de universalidad y cosmpolitismo, el de Platón proponiendo el mito de la caverna como metáfora universal de tantas y tantas cosas. Montaigne aplicando el sentido común, Marx escudriñando la sociedad, Kant dando forma al imperativo categórico, Hannah Arendt percatándose de la banalidad del mal… Tanto conocimiento para el buen funcionamiento del mundo, como decía Descartes, al que vuelvo a citar, para disfrutar de «le joie de vivre», la alegría de vivir.
Pero hay quien brinda y se entusiasma porque va a poder ejecutar a sus semejantes, aunque él no lo sepa lo son, con un cuerda. Le recordaría aquello de «no matarás», pero seguro me respondería con lo del talión, «ojo por ojo». La diferencia es que lo primero es lo que es y lo segundo es reversible.
El cuerpo pide llamarle cosas muy gordas, aún existe el derecho al pataleo, pero recurriré de nuevo a la filosofía. Sócrates tenía una definición para el que no sabe y se cree que sabe, que tiene una verdad que no tiene y que no reflexiona, ergo vive una ausencia total de moralidad. A este individuo el sabio griego lo llamó idiota.
Pues bie, siguiendo al maestro, me permito decir «Itamar Ben Guir eres un idiota»… Y un asesino, por si acaso a alguien le resulta corto lo anterior.