Indiferencia

Publicada per Endavant el 6 de junio

El objeto de estudio de la historia se origina y se conserva en el pasado para que podamos analizarlo en el presente. Puede parecer una obviedad —incluso una forma poco prometedora de empezar—, pero hay algo fundamental que quienes nos dedicamos a la historia no podemos ignorar y que debería estar en el centro mismo de nuestro trabajo: la exigencia —casi una maldición profesional— de intentar pensar, sentir o justificar cómo lo hacían quienes vivieron en la época que estudiamos. Porque, en el fondo, toda historia es contemporánea, en el sentido de que siempre se escribe desde el presente. Precisamente por eso, debemos evitar caer en el presentismo, una distorsión que ha dado lugar a demasiadas páginas llenas de estupideces.

Sin embargo, el curso de la historia humana nos da oportunidades de revivir ciertas situaciones, no porque la historia se repita —ya saben que, intelectualmente, me resisto a esa idea—, pero, como decía Mark Twain, hay veces que rima. Hoy vemos cómo la comunidad internacional observa —y permite— lo que ocurre en Gaza. Contamos con muchos más medios que hace noventa años, pero ahora podemos, si no comprender del todo, al menos constatar con inquietante nitidez la misma indiferencia que se tuvo ante lo que les sucedía a los judíos en los años treinta.

Llevamos décadas llevándonos las manos a la cabeza, preguntándonos cómo fue posible el genocidio nazi. Miremos lo que ocurre hoy y quizá comprendamos mejor aquel pasado. Entender no es justificar ni amparar, pero sí nos permite ver con más lucidez ciertos mecanismos. De hecho, podemos ir más allá y señalar con nombre y apellido no solo a los perpetradores del nuevo genocidio, sino también a quienes lo apoyan o lo justifican desde todos los rincones del mundo. No olvidemos que Hitler, para muchos en su momento, también fue visto como un gran estadista. Y no nos dejemos fuera a quienes se opusieron a esto mucho antes de que estallara, porque la historia no empieza de repente, viene de largo. Y, por supuesto, están esas instituciones internacionales: lentas hasta la exasperación, envueltas en su jerga diplomática, que ni supieron ni pudieron frenar el desastre que se avecinaba. Hoy siguen atrapadas en su inercia: organizando reuniones para definir las bases metodológicas que permitirán, en algún momento, preparar nuevas reuniones donde, quizás, se discutan las bases de otra posible reunión… y así sucesivamente.

Y aquí estamos otra vez. ¿Y los historiadores? Pues, como quien les escribe, señalando, una vez más, los vestigios del desastre que nos dejó el pasado. Señales que no son sutiles, sino perfectamente reconocibles en actos, discursos, personas… y multitud de idiotas a punta de pala, deseosos de que ocurra, no se sabe muy bien qué. ¿El antídoto? Un poco de indignación frente al televisor mientras nos cuentan que han muerto cincuenta, cien personas más, y mientras tanto, parte de Israel recorre la zona en cruceros turísticos y entona cánticos celebrando el exterminio palestino. Luego, lo de siempre: la indiferencia. Esa maldita indiferencia.

Como dijo alguien en la tele hace poco: “yo soy artista, no política”; o aquella otra barbaridad de una periodista pidiendo que se dejara de hablar de los muertos en las residencias de Madrid porque las urnas ya lo habían perdonado.

Blanco y en botella: idiotas.

Y lo más grave: idiotas indiferentes al dolor humano.

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