Publicado por Endavant el 23 de mayo de 2025 https://endavant.info/la-clave/
Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor es una afirmación que va a gusto del consumidor. Cada cual que indague en lo conocido y lo que vivimos en estos tiempos. Hoy me voy a circunscribir a las tertulias televisivas. Esos lugares que consisten en sentar en una mesa a una serie de periodistas que saben de todo con una característica peculiar, ese todo lo aplican en función de una sola cosa, su alineamiento político. A un lado del moderador o moderadora que, en función de la cadena, ya se encarga de tirar para un lado o para el otro. A partir de ahí, horas y horas de dar vueltas a lo mismo, llegando al enfrentamiento dialéctico y a ver quién chilla más ante el -a menudo- silencio cómplice.
Como eso de la equidistancia no me va y no creo que exista, diré que el hedor que sueltan los tertulianos de la derecha —adscritos a medios que son desmentidos una y otra vez, pero que, sin embargo, se multiplican gracias al respaldo económico del PP y sus terminales autonómicas— resulta insoportable.
Y esto me lleva a otra conclusión: en estos programas se lanza una barbaridad en un segundo, y luego se trata de sostenerla como sea, aunque se demuestre falsa, hasta que finalmente se la cubre con un espeso silencio.
Lo que me da vueltas es: ¿qué tipo de equilibrio se pretende cuando tienes a gente que fabrica bulos a conciencia y a la que le da lo mismo todo, con tal de enfangarlo todo? Gente que va de plató en plató sin importar la hora, sentando cátedra, siempre con una buena dosis de odio como aderezo.
Sócrates movería la cabeza y diría: “idiotas”.
Hubo un tiempo, allá por 1976, en que comenzó a emitirse un programa llamado La Clave, presentado por José Luis Balbín. Se emitía los viernes, hacia las ocho de la tarde, en la segunda cadena de TVE. El formato, inspirado en un programa francés, consistía en la proyección de una película relacionada con el tema del día, seguida de un debate. Y utilizo la palabra “diálogo” en toda su noble extensión. Porque Balbín no llenaba la mesa de todoterrenos opinadores. Invitaba a expertos y expertas de verdad, reconocidos en sus disciplinas, procedentes de distintas partes del mundo. No había epidemiólogos de ocasión, vulcanólogos espontáneos, ingenieros energéticos por afición ni analistas de política internacional expertos en todo. Cada voz tenía un fundamento. Cada intervención, un peso.
El presentador fumaba en pipa, utilizaba unos auriculares de plástico para la traducción simultánea, sonaba la inquietante música inicial de Carmelo Bernaola… y cuánto aprendimos en todas aquellas horas que duraba el programa. Personas que sabían de lo que hablaban y se escuchaban unas a otras. Programas en los que lo mismo se hablaba de cine, que de historia, de ciencia, que de literatura, de política, que de economía. Se escuchaban. No se interrumpían. No trataban de apabullar al contrario. Cada cual con su historia, con su pensamiento, por supuesto, pero dialogando para construir algo.
Hace muchos años, y quizás el tiempo me haya hecho idealizar aquel programa que esperaba cada semana. Hoy, gracias a la tecnología, podemos volver a ver de nuevo todos los episodios. ¿Y qué quieren que les diga? Sigo aprendiendo de ellos. Y en este caso lo tengo muy claro: hubo un tiempo pasado que, al menos en lo que respecta a las tertulias, no es que fuera mejor… es que fue infinitamente mejor.